Ser mujer en política, jugar con las reglas que ya existen, y no quemarnos


Hacer política siendo mujer no es solo ocupar un espacio, es resistir en un terreno diseñado para excluirnos. Cada paso que damos, lo hacemos sorteando reglas ajenas, prejuicios heredados y expectativas desmedidas.

Hay una frase muy famosa que dice “Cuando una mujer entra en política, la mujer cambia; cuando muchas mujeres entran en política, cambia la política”, de Michelle Bachelet y estoy totalmente de acuerdo con la ex presidenta chilena, pero me surgen muchas preguntas y dudas existenciales al respecto ¿cómo hacemos para cambiar si tenemos que jugar bajo las mismas reglas para poder acceder a las posiciones de poder? ¿cómo enfrentamos al patriarcado desde sus propias entrañas? ¿cómo feminizamos la política si debemos masculinizarnos para ser tomadas en cuenta? ¿cómo enfrentamos la discriminación por estar embarazadas, o por estar casadas, o incluso por tener hijas e hijos? ¿cómo sorteamos maternar como si no trabajáramos, y trabajamos como si no maternásemos?

A este artículo le he denominado Ser mujer en política y jugar con las reglas que ya existen sin quemarse, y después de las preguntas anteriormente plasmadas comenzaré haciendo un analogía profunda de la política y un juego de voleibol, donde cada una de las jugadoras, tiene una posición importante, pero que además, si no respeta dicha posición, pueden perder el partido, o bien, tener que sacarla a la banca, para que otra jugadora haga lo que tiene que hacer. Y ocurre igual en la política: las mujeres sabemos cuáles son las posiciones de ellos, cuáles son las nuestras, pero aquí debemos jugar con dichas reglas, para luego cambiar de posición, no quedarnos en la banca, pero en el intento de lograr ello, no violentar y enfrentarnos al enorme reto de “hacer las cosas distintas”, porque la sociedad no solo espera más de nosotras, exige mucho más de nuestro trabajo, de nuestras aspiraciones y del papel que juguemos en la arena pública.

No lo voy a negar, construir un liderazgo desde la ternura radical, para mí ha sido uno de los retos más dolorosos y complejos que he enfrentado, tanto en mi vida personal, porque en mi vida profesional, desde niña destaqué y sobreviví gracias a la fuerza, a la garra y ¿por qué no decirlo? a la violencia que aprendí para ejercer un liderazgo autoritario, que me colocara en la cima de los lugares en que me desenvolvía: desde la primaria, hasta la escuela de música, el voleibol, el debate y la oratoria, y todos los ámbitos en los que he participado, que tal vez esté olvidando al momento de escribir este artículo.

Así pues, he tenido que aprender que sí se puede ejercer un liderazgo distinto a base de mucho esfuerzo, dedicación, terapia psicológica y sobre todo de rodearme de las personas correctas. Si algo he hecho bien esta vida, es irme de los lugares donde no me siento cómoda, pero no solo los critico, también trabajo en la construcción de espacios más seguros, donde más mujeres puedan participar políticamente y donde ojalá, no tengan que jugar con las mismas reglas patriarcales que nuestras ancestras y que nosotras: en donde los dimes y diretes son el pan de cada día, donde andarse por las ramas es mucho más común que hablar y confrontar las situaciones de forma adecuada, sumado a los prejuicios que existen por los cuerpos que las mujeres habitamos y los cuestionamientos constantes sobre nuestra “estabilidad emocional” y nuestra capacidad de “hacer política”, porque no vaya a ser que nos “peleemos entre nosotras”, que inventemos chismes o bien, que perpetuamos que nosotras “no podemos trabajar juntas”, sumado al tan sonado dicho de que “no estamos preparadas” para ocupar los espacios que históricamente nos han sido arrebatados.

Ni hablar de las relaciones sexo-afectivas que tenemos, porque nuestra vida personal e íntima, sí importa, mientras que la de los varones que están en los espacios, es algo así como una carrera de trofeos: mientras estén con más mujeres, son más hombres, o su masculinidad es resaltada, como si la “masculinidad” fuera un atributo positivo, que a lo largo de la historia de nuestro país, ha sido usada de forma negativa en contra de nosotras las mujeres.

Es entonces que quemarse muchas veces es inherente a la actividad política, donde todos los días son una oportunidad tanto para equivocarse, pero también para poder trabajar en pro de las personas, ya que el servicio público de nosotras las mujeres, se caracteriza por la eficacia y la eficiencia. Y con esto no quiero caer en el juego de palabras que luego se termina convirtiendo en qué características son realmente inherentes a nosotras y cuáles no, o incluso qué estereotipos existen con los que se nos cataloga a nosotras, como tierna, ordenada, servil, entre muchos otros que podemos mencionar, y que tal vez tengamos alguna de esas características, pero no significa que por ser mujeres, llegamos de forma inmediata ya con la perspectiva de género.

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